Históricamente, los principales activos de la cartera equilibrada han sido renta variable y bonos a largo plazo, 60% renta variable y 40% deuda del Tesoro a diez años. Esta asignación puede parecer muy agresiva en mercados volátiles y muy conservadora en tiempos tranquilos. Ha perdido esplendor ante rentabilidades a vencimiento de los bonos insignificantes, incluso reales negativas. Las personas viven más tiempo y tienen que asumir más riesgo para mantener una misma rentabilidad esperada. De manera que la cartera 60/40 necesita ser reoptimizada con necesidad de alternativas.

Una es la inversión al estilo fondos de dotación, endowment, que, para incrementar rentabilidad a largo plazo, incorpora exposición sustancial a capital privado, que puede ser buen sustituto de la renta variable, activos reales y estrategias de rentabilidad absoluta, con oportunidades de explotar ineficiencias y mayor diversificación. Es el estilo adoptado por organizaciones sin ánimo de lucro para garantizar la autosuficiencia y solidaridad intergeneracional. Su principal objetivo es cubrir gastos y mantener poder adquisitivo a perpetuidad. Su objetivo de rentabilidad anual total a largo plazo es 5 a 6% (ajustado a inflación). El mayor es el de la Universidad de Harvard, 38.300 millones bajo gestión, seguido de los de la Universidad de Texas y de Yale. Nuestra previsión es que proporcionen 5,8% de rentabilidad anual los próximos diez años, 6,9% los mayores. Son rentabilidades a largo plazo atractivas, pero requieren conocimientos y una inversión inicial sustancial, sin gozar de la liquidez de los mercados cotizados.

En la burbuja tecnológica de 2000 se comportaron mejor que la renta variable y que las carteras 60/40. Luego, en la Gran Crisis Financiera, superaron a la renta variable, pero lo hicieron peor que las carteras 60/40. Hay que tener pueden proteger significativamente de caídas en renta variable, pero requieren evitar vender activos ilíquidos con urgencia. Su volatilidad ha sido similar al de las carteras 60/40, pues, al invertir en activos ilíquidos, suavizan variaciones en los precios.

Por término medio invierten 30% en activos alternativos, aunque los de más de 1.000 millones de dólares bajo gestión llegan a 60% y se comportan mejor. De hecho los más grandes han reducido peso en renta variable cotizada de 45% en 2002 a 30% en 2020 y aumentado activos alternativos de 32% a 59%. Incluso el fondo de la Universidad de Yale pretende llegar a 75% en alternativos.

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En cualquier caso, como en la gestión de patrimonios multigeneracional, estrategias y principios de inversión son similares en horizontes de inversión a largo plazo. En ambos casos se trata de mantener y aumentar capital en términos reales. Para ello se intenta maximizar rentabilidades ajustadas al riesgo con activos globales, limitadas necesidades de liquidez y gran tolerancia para correcciones a corto plazo. Además, suelen estar gestionadas por equipos que aprovechan conocimientos de terceros globalmente.

Ahora bien, los objetivos de la familia son complejos. El primero es la seguridad financiera ante riesgos desconocidos, el segundo, mantener y aumentar patrimonio descontando la inflación y, por último, un impacto positivo, más basado en emociones. Ahora bien asignar activos estratégicamente teniendo en cuenta estos tres objetivos es un paso importante en la aproximación a la cartera tipo endowment.

Cambiar de política de inversión en épocas de tensión puede llevar a una pérdida permanente

En concreto, un riesgo clave es la inflación. De manera que la mayor parte de este tipo de carteras debe invertirse en renta variable y activos inmobiliarios, que proporcionan flujos de efectivo. Además, se requiere prudencia respecto a necesidades de efectivo, pues una venta forzosa a precios desfavorables puede influir considerablemente en el valor a largo plazo. A ello se añade que cuando aumenta la volatilidad los inversores privados tienden a volverse más reacios al riesgo y buscar liquidez, siendo poco propensos a mantener posiciones contrarias al mercado. Pero cambiar de política de inversión en épocas de tensión puede llevar a pérdidas permanentes.

Ya en 1979, los premios Nobel Daniel Kahnemann y Amos Tversky mostraron que las pérdidas tienen un efecto emocional más fuerte que los beneficios, paso previo para decisiones irracionales. Además, los inversores no evalúan de forma realista la probabilidad de eventos extremos. Estos efectos pueden mitigarse asumiendo la filosofía de inversión tipo endowment.

Fuente: Eleconomista

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